Pepe, el sufrido director, se quiere prejubilar
La realidad se impone y el dichoso día transcurre como tantos otros de trabajo intenso en la oficina: tareas, clientes, jefes... “Menos mal que es viernes, y con un poco de suerte a las tres salgo pitando a comer a mi terrenico”, piensa Pepe. Pero el sufrido director tiene la firma de una hipoteca a las dos, y aunque ya se ha dejado los deberes hechos en la oficina, llega exhausto a la notaría. El notario se retrasa, Pepe observa cómo se le escapan los minutos y cómo su pequeño plan se aleja. Por fin ha firmado y suspira, son las tres menos cuarto y en ese momento recibe dos llamadas consecutivas por el móvil; la primera es de su mujer, quien le pregunta que si le guarda la comida en el “tape”, y que cuántos calzoncillos le pone en la maleta; y la segunda llamada es de la jefatura de zona, para convocarle a una reunión extraordinaria esa misma tarde del viernes, para evaluar los objetivos de su oficina y otros temas importantísimos; y el sufrido director, como da por perdido su maravilloso inicio de fin de semana, se vuelve a hacer la misma pregunta con cierta amargura: ”¿Cuánto me quedará para prejubilarme?”. Y maldiciendo a su empresa, comenta entre dientes: “Qué ganas tengo de mandarlo todo a tomar por…”. |