Pepe, el sufrido director, se quiere prejubilar

A Pepe, el sufrido director de una sucursal cualquiera de CajaMurcia, se le presenta hoy un día tan ajetreado, que desde que se acostó anoche, no ha parado de dar vueltas en la cama pensando en cómo se va a organizar el trabajo. Entonces se pregunta: ¿Seré gilipollas? ¿Cómo es posible que a mis años esté todavía hasta arriba de trabajo? ¿De quién es la culpa, mía o de la Caja? Y poco después suspira: “Ay, si yo pillara una jubilación millonaria de esas del BSCH, sí, de los amigos del Botín, de los consejeros Amusátegui y Corcóstegui que se han repartido más de 150 millones de euros entre los dos. ¡Anda que no iba yo a mandar cerca a CajaMurcia!”. Pero reflexiona más seriamente y saliendo de sus ensoñaciones se dice: “Bueno, sé que a tanto no llegaré, pero sí que me gustaría pillar una prejubilación digna en la Caja, que ya tengo más de cincuenta tacos y algunas décadas de servicio”. Pepe, como tantos otros de su edad, no deja de preguntarle a los delegados sindicales y a los compañeros de Personal si hay “novedades” a la vista sobre las prejubilaciones.

La realidad se impone y el dichoso día transcurre como tantos otros de trabajo intenso en la oficina: tareas, clientes, jefes... “Menos mal que es viernes, y con un poco de suerte a las tres salgo pitando a comer a mi terrenico”, piensa Pepe. Pero el sufrido director tiene la firma de una hipoteca a las dos, y aunque ya se ha dejado los deberes hechos en la oficina, llega exhausto a la notaría. El notario se retrasa, Pepe observa cómo se le escapan los minutos y cómo su pequeño plan se aleja. Por fin ha firmado y suspira, son las tres menos cuarto y en ese momento recibe dos llamadas consecutivas por el móvil; la primera es de su mujer, quien le pregunta que si le guarda la comida en el “tape”, y que cuántos calzoncillos le pone en la maleta; y la segunda llamada es de la jefatura de zona, para convocarle a una reunión extraordinaria esa misma tarde del viernes, para evaluar los objetivos de su oficina y otros temas importantísimos; y el sufrido director, como da por perdido su maravilloso inicio de fin de semana, se vuelve a hacer la misma pregunta con cierta amargura: ”¿Cuánto me quedará para prejubilarme?”. Y maldiciendo a su empresa, comenta entre dientes: “Qué ganas tengo de mandarlo todo a tomar por…”.

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