Por tierras del califato Los súbditos no tienen derechos, son presa de la voluntad impredecible del califa, a veces de su humor y su capricho; eso sí, tienen todos los deberes. Las presiones, controles, amenazas y humillaciones ejercidas por él (directamente o a través de sus adláteres más inmediatos) y los objetivos desmesurados generan situaciones de estrés y ansiedad. Pero, sobre todo, los súbditos tienen un miedo que les lleva a crear turnos para ir a sus oficinas por las tardes, prolongando la jornada ilegalmente; un miedo irracional, injusto, que nace del desamparo con el que se cesa a compañeros de sus cargos sin más explicaciones. Han sido varios recientemente y nadie sabe con certeza si cayeron víctimas del famoso perfil, de su negativa a ir a trabajar por las tardes o simplemente del agotamiento de su buen hacer profesional después de algunos lustros de guerrear en primera línea. A ello se suma otra incertidumbre que desasosiega a otros: la del que espera su oportunidad profesional, su gran salto, y no llega. Nada está previsto y nunca saben cuántos años estarán en el cargo de gestor en prácticas o de ETT de larga duración. Muchos alternan las funciones de caja con la de gestor comercial, sin que se les reduzcan los objetivos y sin nombramiento, lo cual supone un ahorro considerable para el califato y para la entidad en los gastos de aquel territorio. Además, muchas bajas no se sustituyen o se hacen tarde, incluso las de maternidad, pues se adolece de una política de personal escasa en recursos o improvisada, que llega a provocar una coreografía vertiginosa de súbditos en muchas oficinas para cubrir huecos. Pero la provisionalidad también alcanza a algunos subdirectores “en funciones” durante muchos meses, que al no tener atribuciones, no pueden complementar eficientemente a los directores. Como se puede deducir, el ocio, la conciliación de la vida familiar y la laboral no existen o son insuficientes. En este territorio, la familia es la Caja, formada por todos los súbditos, como se les recuerda en reuniones y cursillos, y si alguien no puede asistir, si alguien se queja de la excesiva carterización, si alguien protesta por objetivos imposibles, ¿a quién le importa? Cumples o no cumples. El lector sagaz habrá asimilado los rasgos de esta crónica, en la que se cuenta la azarosa y desventurada vida de los pobladores del CALIFATO DE CARTAGENA que con buen tino y criterio gobierna doña Pilar, o ¿acaso creías que era el tuyo? Valga este título para exponer algunas anomalías, sólo algunas, que los delegados de UGT venimos detectando en las visitas a oficinas, que son moneda común de la gestión de la Caja, tan puntera y tan chabacana a la vez, tan productiva y tan rancia en su incongruencia:
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