Editorial

15 meses más tarde

COMO si del túnel del tiempo de tratara, nos encontramos otra vez en idéntica situación a la que vivimos en las elecciones de 1998. Si es penoso recordar cómo dieron a luz a “la criatura”, no podemos menos que indignarnos cuando observamos los métodos utilizados para amamantarla.
Sí, estamos hablando de Aprocamur. Lamentablemente, tenemos que volver a hablar de “la asociación”. La historia se repite. Es una historia que se escribe con minúscula, que se nutre del miedo y que genera indignidad y mala leche.

Es la historia de unas prácticas en vías de extinción por antidemocráticas e ineficaces que esporádicamente rebrotan en algunas empresas con sustrato autoritario propiciadas por los mismos que nos hacen trabajar por las tardes sin remuneración, que nos llenan la agenda de reuniones sin sentido, que nos imponen unos objetivos sin mediar palabra, que congelan nuestro ascenso y recortan las plantillas para abaratar costes, y que ahora, por no dejar ni un cabo suelto, nos citan a reuniones de promoción y afiliación de y a “la asociación”.

Nos preocupa y nos sonroja comprobar que en una empresa con unas características fundacionales públicas, se permita (cuando no se dirija) desde los órganos de directivos una cruzada de este tenor dirigida fundamentalmente contra el sindicato que representa a la mayoría de los trabajadores de CAJAMURCIA. Todo, por el simple hecho de que no se ha plegado a la voluntad de quienes se creen dueños de nuestras vidas y haciendas.

Las campañas publicitarias realizadas a propósito de la nueva imagen corporativa de la Caja , con fervorosas alusiones a la modernidad, al equipo humano, al futuro, etc. no se corresponden con estas prácticas obsoletas, que tan magníficamente denunció ya en el s. XIX Joaquín Costa en su ensayo “Oligarquía y caciquismo” y que, más recientemente, ha descrito magistralmente Juan José Castillo en “El Sindicalismo Amarillo en España”.

En CAJAMURCIA asistimos a un divorcio creciente entre un discurso que quiere anticiparse al futuro y la actualización del caciquismo decimonónico. Y son estas actitudes las que imprimen el marchamo en uno y otro sentido, definiendo la personalidad de las naciones, de las sociedades, de las empresas.

Por otra parte, la identificación que algunos hacen entre la empresa y “la asociación” intenta, bajo el fantástico paraguas de la “renovación”, resucitar el sindicalismo vertical de posguerra que pretendía equiparar a empresas y trabajadores en “una unidad de destino en lo universal” por encima de contradicciones, enfrentamientos y discrepancias.

En síntesis, esta es “la asociación” que nos vienen a vender. El famoso “diálogo con la empresa” que predican, no es otra cosa que “el silencio de los corderos”. Sus “méritos” ser el ariete de la empresa contra las demás organizaciones sindicales. Sus “logros”, el intento de vampirización del trabajo reivindicativo del resto de sindicatos. A esto se está dedicando parte de la estructura “muy profesional” de la Caja desde hace dos meses.

Que cada uno saque sus propias conclusiones sobre las motivaciones de esta operación y de las consecuencias que su éxito puede tener en un panorama tan complejo como el que se perfila en el futuro inmediato del sector de Cajas de Ahorros y en las importantes negociaciones que tenemos que abordar ya en CAJAMURCIA.

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