Un viaje a ninguna parte

AHORA que los márgenes se estrechan y que nuestras posibilidades de generar ingresos mediante comisiones están llegando a un límite difícil de sobrepasar, salen a la luz los efectos perversos de una gestión orientada a obtener una cuenta de resultados que sirviese de reflector de notoriedad pública a algunos de nuestros directivos. Nada se decía del camino que conducía a esos resultados; que no es otro que las condiciones laborales y salariales más bajas del sector. Ese es el gran truco que se esconde detrás de los números que (junto con otros errores graves en la gestión) oscurece lo que algunos presentan como una gestión excepcional.
Un gran error de estrategia tuvo lugar cuando CajaMurcia absorbió las Cajas Rurales de Murcia y del Mediterráneo; no sólo dejó la entrada franca en nuestra Región a una de las Cajas Rurales más importantes, sino que, debido a la prepotencia y a las múltiples humillaciones de que fueron objeto nuestros nuevos compañeros, muchos de éstos optaron por pasarse a la nueva competen-
cia. La Rural de Almería se encontró de la noche a la mañana con una estructura organizativa y humana que le evitaba alguna etapas necesarias en todo proceso de implantación. Los resultados están ahí. En algo más de ocho años tiene casi el 10% de los recursos de la Región. Si hubiésemos mantenido otro enfoque laboral y comercial, hoy nuestra realidad sería otra.
¿Qué más se les ha ocurrido a nuestros Directivos ante los nuevos retos? ¿Qué otra estrategia han elegido para mantener la autonomía de la Caja?
Lo de siempre. Mantener los bajos salarios, negar el derecho sobre su fondo de pensiones a los trabajadores, aumentar la precariedad en el empleo, incrementar el uso y abuso de ETT's, intentar mantener la rentabilidad reduciendo la plantilla y aumentando las cargas de trabajo de los que se quedan. Y, como colofón, emprender obras faraónicas de dudosa rentabilidad y eficacia y cambiar un logotipo que ha funcionado perfectamente por otro que conduce al equívoco y se presta al chiste fácil.
La exteriorización de servicios es otra
de las panaceas que se presentan como salida. Algo nefasto desde una doble dimensión: como empleados y como ciudadanos. Si como empleados dudamos seriamente de la posibilidad de obviar el principio de cooperación en el trabajo (base de cualquier empresa que tenga una meta real en la vida), como ciudadanos vemos con preocupación que una empresa de titularidad pública comience un proceso de reorganización cuyo destino final no es otro que la transferencia de los empleos de alta cualificación a otras regiones y la pérdida de una importante cultura informática. Se dará la paradoja de que CajaMurcia contribuya al desarrollo de otras regiones y empresas con empleos cualificados, fuertes inversiones y que en ella sólo queden los empleos (parcialmente descualificados) de la red comercial.
Este hecho sería una impostura en cualquier Región, pero en la murciana, que tiene los más bajos salarios de España y un perfil ocupacional caracterizado por las bajas o nulas cualificaciones, resulta incalificable.
La política de inversiones también tiene sus sombras. El abandono del sector agrícola (10% del PIB regional) del que hemos hecho gala, tiene un claro retrato en los nefastos resultado de nuestra Obra Agrícola: unas pérdidas millonarias. Por el contrario, no han faltado esfuerzos ni fondos para acudir a aventuras inmobiliarias poco explicadas, para crear (sin soporte experimental) empresas y chiringuitos de servicios de todo tipo, cuya rentabilidad está por ver y cuyo nacimiento ha puesto en fuga a nuestros clientes, empresarios de los distintos sectores afectados. Tampoco nos hemos quedado cortos para entrar en macroproyectos propiciados por empresas foráneas.
Sobre esta base, la lógica que se desarrollará en esta nueva etapa no nos va a conducir a transformarnos en una Caja vigorosa. Los empleados se van a ver obligados a trabajar por las tardes para poder hacer frente al aumento de las cargas de trabajo, lo que redundará en una progresiva pérdida de intensidad, de calidad de servicio y de atención al cliente.
La Caja debería rediseñar su incardinación en las regiones de su ámbito desde otros presupuestos que fuesen más allá de la búsqueda (en el mejor de los escenarios) de resultados a corto plazo. La Caja, allí donde se encuentre, debería perseguir actuaciones que la convirtiese en uno de los necesarios motores de desarrollo regional, mediante un cambio radical de actitud que nos llevase a apoyar y a cooperar en aquellos proyectos que sirvan para crear tramas industriales autóctonas, para dinamizar las economías locales y para generar empleo. Sin lugar a dudas y sin renunciar a la estricta ortodoxia financiera, la cuenta de resultados sería igual de buena, pero el camino sería mejor para todos.
Nadie pone en duda que estamos ante un punto de inflexión importante que puede determinar el futuro en muchos sentidos. Pero para superarlo necesitamos un cambio radical en las formas de hacer y de decir.
Objetivos: Los objetivos de las oficinas deben establecerse con criterios de racionalidad, sin perder nunca de vista el entorno en el que están. Deben ser ante todo un punto de orientación y no una meta. Esto es un negocio y no una competición deportiva. Además, deben establecerse de acuerdo con los empleados para aprovechar su profundo conocimiento del terreno.
Implicación: Debe abandonarse la práctica de buscar el compromiso individual mediante la estrategia del palo y la zanahoria y buscar una implicación colectiva mediante acuerdos entre la empresa y los sindicatos. La externalización y el cambio de sistema del fondo de pensiones sería el paso más adecuado para normalizar las relaciones laborales.
Organización: Se debe olvidar el concepto casi militar de jefe y adoptar el más civil de Organizadores. Los Directivos deben organizar el trabajo y deben dar soluciones cuando los objetivos se resistan. Lo mismo debe servir para los niveles más altos. No se puede seguir escuchando a los Subdirectores decir que el Director General no los deja hacer cosas que todos sabemos que son imprescindibles.
Relaciones con los clientes: No podemos perder clientes. Hay que cambiar nuestro concepto y buscar relaciones estables basadas en la confianza; rechazando todo tipo de comportamiento oportunista.
Formación: El futuro nos va a exigir una polivalencia importante que no se consigue con los simulacros de formación que tanto abundan. Menos diplomas y más conocimientos.
Podríamos continuar con propuestas de cambio en un montón de aspectos más, pero no es este el lugar. Lo que sí quisiéramos es que la Dirección de la Caja, tanto a nivel de Órganos de Gobierno como de Directivos, hiciese una reflexión sobre lo que podríamos llamar una "opinión sintomática": ¿Cómo es posible escuchar de un número importante de compañeros en todos los niveles de la empresa que "lo mejor que nos puede pasar es que nos compren?". Si no se produce un giro rápido por parte de la Dirección y se opta por otros planteamientos, mucho nos tememos que esa opinión vaya tomando cuerpo entre la plantilla.

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