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Colaboraciones Un cuento triste Riiínnng... Ríiinnnng... BUENO, ya son las siete otra vez, estoy de este despertador hasta la coronilla. Juan se levanta, perezoso al principio, y animándose poco a poco se dirige al aseo. Una buena ducha y ya está en plena forma. Como cada mañana desde hace casi cuarenta años repite la misma ceremonia, sin prisas, pero a buen ritmo. Acaba su aseo y, tras elegir sin demasiado interés la ropa, se viste y sale a coger el coche, que ya tiene algunos años y está pidiendo la jubilación. Con esta idea en la cabeza arranca el helado motor y enciende la radio. Últimamente no tiene la cabeza tan clara como antes; no presta demasiada atención a las noticias, sus ideas van y vienen continuamente hacia el asunto de la jubilación, no del coche, sino la suya propia. - Joder, ¡qué mala suerte!, llevo un montón de años en la caja y lo más cerca de mi casa que he trabajado es ahora que estoy a media hora de coche. Llevo más kilómetros encima que un conductor de autobuses. Está poco contento. Va a jubilarse y le da vueltas a qué hubiera pasado si cuando hace cinco años hicieron la oferta de prejubilación la hubiera aceptado. - Pero, ¡leches!, si mi hijo aún estaba en cuarto de Psicología, cómo iba a aceptar. Y después, a los dos años, cuando les digo que ya puedo acogerme a su oferta, me dan largas y me tienen tres años dando tumbos, de oficina en oficina, hasta siete he recorrido. Para en el cruce del tren, que ocho de cada diez veces le pilla con las barreras bajadas, y mira al retrovisor. En el espejo se ve reflejado, sólo un trozo de cara. Un ojo que le mira cansado de contar billetes, en pesetas primero, dólares y francos después, y estos últimos tiempos euros y más euros. Tiene la conciencia tranquila, siempre ha sido responsable en su trabajo, se ha volcado en la mejor atención a los clientes, intentando siempre dar lo mejor de sí, cumpliendo en la medida de lo posible los objetivos que el director de la oficina le asignaba. - ¿Por qué no estoy alegre si tengo la conciencia tranquila? Aún no entiende que la caja no aceptara hacer lo del Fondo Externo y cambiar lo de la fórmula de aportación, que lo pidieron los sindicatos sin parar, y al final quedaron sólo tres cajas en toda España que no lo consiguieron. - ¡Pero si eso era bueno para todos los empleados! No lo entiendo y no lo entenderé nunca. A lo mejor ahora que hay otro director general, que parece que trae mejor talante, lo consiguen y yo me voy a marchar sin pillar ni una peseta. Cuarenta años en la caja y ahora me jubilo sin una perra gorda del fondo de pensiones. Con la falta que me haría ahora. Tengo que echarle una mano a mi hija, que se ha casado y va algo ajustada, y no voy a poder ayudarla mucho. Se abre la barrera del paso nivel y la cruza, como siempre con cuidado, mirando a ambos lados como temiendo que algún tren descontrolado se le vaya a echar encima. Cuando anda doscientos metros frena en seco y está a punto de provocar que le choque el vehículo que lleva detrás. Se aparta a la derecha y escucha, casi sin oír, los improperios del conductor del otro vehículo. Respira hondo y los ojos se le humedecen, tantos años de rutina no le han dejado demasiadas alegrías, no le han dejado ni siquiera el reconocimiento sincero de sus superiores. Por unos duros ha entregado toda su vida a la caja y ahora se da cuenta de que tendrá que llevar cuidado con los gastos, más cuidado que Antonio, que trabajaba en otra caja y tiene una pensión bastante mejor que la suya. Da la vuelta y regresa a casa. - ¿A dónde narices iba yo? Si me jubilé ayer. Manuel Fco.
Ballester Díaz |